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La Coctelera

Categoría: Reflexia

¿Y qué fue de los controladores aéreos de Reagan?

La liaron parda. Los controladores aéreos españoles lo volvieron a hacer: joderle los vuelos a todo el personal. Y, con ello, joder ilusiones, dinero, tiempo, negocios o vacaciones.

La gente debería saber parar. Personas que desempeñan una labor tan delicada deberían ser responsables y consecuentes, y no arrogantes y soberbias como han demostrado ser. Esa gente no pestañea si se trata de mandarnos a todos al carajo, anteponiendo unos intereses personales egoístas y abusivos a las necesidades de toda una nación. Una ausencia del 90% de los controladores aéreos de todo el territorio nacional en el turno de las cinco de la tarde del pasado viernes provocó un caos sin precedentes en el país. Lo hicieron a traición, buscando el máximo daño y encubriendo una huelga a base de extrañas bajas médicas repentinas o alegando haber alcanzado el cupo máximo de horas anuales. Respecto a esto, me gustaría que alguno tuviera que ser operado de urgencia y que el cirujano le dijese: "Mira chato, yo te operaría, de verdad, pero es que ya he trabajado todo lo que tenía que trabajar este año y, oye, he decidido que necesito un descanso ahora mismo... Ya sé que ya estás listo para quirófano, en pelotillas bajo tu batita verde y medio sedado en la camilla, pero mira a ver si te aguantas un poco ese tumor o si convences al carnicero de la esquina para que te raje porque yo ahora estoy muy estresado, papito".

El gobierno, reaccionando rápidamente y con contundencia (menos mal), comenzó militarizando las torres de control y acabó declarando el estado de alarma ante la negativa de los controladores a acudir a sus puestos o a realizar su trabajo. La situación se ha normalizado desde entonces, pero la nación entera exige que los controladores paguen por su irresponsable osadía. Se ha hablado de suspensiones de empleo y sueldo, de cárcel, de despidos, de asumir indemnizaciones...

El sábado salió una controladora aérea por la tele, con voz trémula y quebrada, diciendo que estaban todos muy mal anímicamente y que les habían obligado a "separar" aviones en ese estado, que fíjate lo que había hecho el gobierno. A ver, monina, qué te pasa, ¿que en invierno hace frío y que con esa melancolía que producen los días grises es una lata trabajar? ¿O será que te da rabia que los obreros se vayan el puente a Mallorca y tú disfrutaras tus vacaciones el mes pasado -jopetas-, aunque te fueras tres semanas a las Seychelles? ¿O quizá será que no sabes si con esta crisis podrás llegar a fin de mes con tus escasos 300 mil euros anuales? Venga, desahógate y cuéntales a los parados tus frustraciones, a los que han estado ahorrando todo el año para darse un pequeño homenaje este puente y al final han tenido que dormir el fin de semana en el aeropuerto, a los que soportan sus turnos rotativos en una fábrica por mil euros al mes, a los que pasan la Navidad transportando mercancía por Europa en un camión, a los que friegan suelos y escaleras cobrando al mes lo que te pagan a ti en una hora, a los que la hipoteca y los plazos no les permiten ni regalar a sus hijos una peonza para Reyes.

Y digo yo, si estáis tan mal, ¿por qué no abandonáis ese empleo y, yo qué sé, buscáis el eterno relax en un templo budista perdido en el Tibet? Porque claro, el dinero no es lo más importante, ¿no? Que lo de cobrar un pastón es lo de menos, por supuesto, lo más importante de todo esto es que estáis muy estresaditos en el trabajo.

Son un colectivo sumamente privilegiado, y eso facilita que crean que sus derechos están por encima de los de los demás y que sus deberes están por debajo.

Debe de ser que están hechos de otro material, y que hay familias -de esas de sangre común- que están condenadas a subsistir con una pensión infame, pero el extraño elixir que circula por las venas de un controlador aéreo le exige un ritmo de vida no inferior a los 20 mil euros mensuales.

En 1981, el entonces presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, se vio en una situación similar: el 3 de agosto, unos 13.000 controladores aéreos abandonaron su puesto de trabajo tras meses de infructuosas negociaciones con la FAA (Federal Aviation Administration) y dejaron miles de aviones en tierra.

Desde la Casa Blanca no se pestañeó: Ronald Reagan dio un ultimátum de 48 horas para que los controladores regresaran a sus puestos. En caso negativo, serían inmediatamente despedidos como consecuencia de la huelga, declarada ilegal. Si alguien piensa que no hay nadie tan loco o tan gilipollas de no reincorporse al trabajo en esas condiciones, se equivoca: sólo lo hicieron unos 1.600 controladores, es decir: casi un 90% de los controladores aéreos estadounidenses que secundaron la huelga -y casi un 70% del total- mandó a la mierda su empleo. Reagan aún hizo algo más: estableció un veto de por vida para que nunca fueran recontratados por la FAA. Un dato curioso: los controladores aéreos que se mantuvieron en sus puestos junto a los que se reincorporaron, fueron capaces de reanudar el 80% del tráfico aéreo regular.

¿Y qué pasó con los vetados? Cuentan que en los noventa el presidente Bill Clinton suprimió el veto, pero sólo fueron reincorporados menos de mil de aquellos controladores. De los más de 10 mil restantes parece que no hay información.

¿Y qué pasará con los controladores españoles? Aún no se sabe bien qué ocurrirá con los controladores insurrectos, pero desde el Ministerio de Fomento hablan de que esto tendrá consecuencias. Y eso esperamos todos.

Sobre abrir los ojos y la apostasía.

Como a la inmensa mayoría de los españoles, mis padres me bautizaron en la fe católica cuando era un bebé. Nadie me preguntó y nadie esperó a que tuviera edad suficiente como para reflexionar sobre la fe y aceptar o rehusar su profesión. El catolicismo se me impuso y a nadie parece importarle que se trata de una violación de un derecho humano fundamental: la libertad.

No puedes votar a tus representantes políticos hasta que no alcanzas la mayoría de edad, no puedes fumar, consumir bebidas alcohólicas o entrar en discotecas hasta que no alcanzas la mayoría de edad y ni hablar de comprar o alquilar cine pornográfico o de entrar en Sex-Shops, entre otras cosas que tampoco puedes hacer hasta que no alcanzas la mayoría de edad... El motivo de existir una mayoría de edad, tal y como lo indican en la página enlazada, reside en "la necesidad de que la persona haya adquirido una madurez intelectual y física suficiente como para tener una voluntad válida para obrar algunos actos que antes no podía por sus carencias nombradas anteriormente".

¿Y por qué decidir tu fe no es un acto que requiera dicha madurez intelectual? ¿Por qué no deberíamos esperar a adquirir la mayoría de edad para elegir o no elegir una fe? ¿Por qué alguien puede decidir por ti tus creencias y bautizarte en una fe sin tu permiso? ¿Por qué toleramos esa aberración de bautizar bebés, seres indefensos con nula capacidad de obra y decisión? Y no sólo eso, ¿por qué permitimos que a los niños, mentes inmaduras y manipulables, se les instruya en una fe y se les haga partícipes de actos religiosos? La religión no es conocimiento ni sabiduría, es adoctrinamiento e instrucción, ¿por qué se acepta semejante lavado de cerebro desde la infancia?

Pues bien, mientras esto siga así, la única alternativa cuando el ser humano abre los ojos es apostatar. ¿Y por qué apostatar? Cuando uno/a se da cuenta de que la religión ni se sostiene ni fundamenta y de que todo es una invención humana -lo mismo que nuestra mente fue capaz de inventar la escritura, la ropa, la máquina de vapor, la dinamita o el coche, también fue capaz de inventar personajes a quienes dimos el virtual poder de las deidades- para atemorizar al pueblo con pecados, castigos e infiernos, y para controlarlo y manipularlo al antojo de unos cuantos uniformados que han sabido ver el negocio, entonces sólo quedan ganas de no querer tener ninguna clase de relación -por diminuta que esta sea- con dicho invento.

Lo mismo que unos dicen: "yo soy objetor de conciencia y no quiero tocar armas, inventos destructivos del hombre", yo digo: "yo soy objetora de conciencia y no quiero pertenecer a ninguna religión, inventos destructivos del hombre".

La apostasía es aplicable a cualquier religión, aunque en nuestro entorno (hablo de España) lo más habitual es la renuncia de la fe católica. Y eso incluye eliminar cualquier dato nuestro contenido en los archivos eclesiásticos. Si no lo hacemos, aunque nuestra fe no exista, seguiremos figurando como creyentes y miembros de la Igesia (y ésta seguirá recibiendo dinero y acumulando poder por ello).

A pesar de su maldad -cruel y sanguinaria en otros tiempos no tan lejanos y aun ahora, con su pasivo actuar, siempre esperando a ver cuál es el caballo ganador para apostar por él y hacer algo (siempre en su beneficio, por supuesto) o no hacer nada según el momento y el lugar- y de su evidente engaño, la comunidad eclesiástica católica sigue gozando de un gran peso político y de una gran influencia en la sociedad. A pesar de sus numerosísimos, prolongados y truculentos escándalos de pederastia -acto infame, vil y desviado donde los haya-, no se ha despojado a la Iglesia católica de su poder. Prácticamente las cosas siguen igual que si no se hubiera destapado nada.

Los miembros organizados de la Iglesia católica y todo su insultante lujo me dan asco. Predican todo aquello que jamás han cumplido ni cumplirán. Hablan de pecado y de cosas prohibidas que luego ellos cometen amparados por el silencio y la protección de sus fieles gobiernos. Sus opiniones obsoletas y sus continuas intromisiones en la Ciencia contribuyen a frenar el natural y vital avance del verdadero conocimiento humano. Su máximo representante aboga por erradicar el hambre vestido con seda bordada en oro y con adornos de oro y piedras preciosas, y lo hace desde el balcón central de un gigantesco templo, la basílica de San Pedro en el Vaticano, ostentación de riqueza inaceptable, burla que ridiculiza la humildad y la caridad de las que tanto alardea su institución.

Apostatar puede ser una tarea complicada porque la Iglesia Católica, desde su sectario interés por mantener el mayor número de fieles -aunque sólo sean eso, números-, suele rechazar las apostasías. Muchas personas no saben que pueden hacerlo, pero las diócesis tienen la obligación de borrar los datos de todo aquel que legalmente lo solicite. Cuando se decide apostatar, la siguiente cuestión es cómo. Para que el proceso sea correcto, existen algunas páginas como Apostasía (que es española) o Apostasía Colectiva (enfocada hacia Sudamérica), en las que te informan detalladamente de los pasos a seguir y de qué hacer para conseguir el propósito si nuestra solicitud es rechazada en primera instancia.

La hegemonía de las religiones debe acabar. Ninguna religión supone un conocimiento válido, todas necesitan adoctrinar e inculcar sus preceptos porque no tienen sustento real ni lógico. Permitir que esto continúe sucediendo, en estos tiempos y en los tiempos futuros, es condenarnos al retraso perpetuo.

Sobre el coltán y los hipócritas.

República Democrática del Congo posee el 80% de las reservas mundiales de coltán (acrónimo surgido de columbita y tantalita, minerales frecuentemente asociados en la naturaleza), mena de tántalo: elemento clave de los condensadores electrolíticos. Desde 1998, hasta nueve países africanos han participado en una guerra con entre 4 y 6 millones (dato variable según fuentes) de muertos y otros tantos refugiados: la Segunda Guerra del Congo, la Gran Guerra de África o Guerra del Coltán. Torturas, violaciones masivas y limpiezas étnicas fueron prácticas habituales durante el conflicto. El hambre y las enfermedades (la mayoría curables, pero mortales sin los medios adecuados) contribuyeron especialmente a la cifra de víctimas.

Tras su fin teórico en 2003, persisten la violencia y la violación -grave y continua- de los Derechos Humanos como consecuencia de los enfrentamientos nacionales e internacionales por el control de los yacimientos congoleños de coltán. Explotación laboral y semiesclavitud, destrucción del ecosistema natural, encuentros armados, expolio y tráfico de coltán... La escandalosa historia de los diamantes de sangre -que tanto impactó a la opinión pública a raíz de la película "Blood diamond", de Edward Zwick- se repite con el coltán en el silencio (mientras alguien no haga una película sobre ello, por supuesto).

Todo para que en el Primer Mundo podamos disfrutar libremente de teléfonos móviles, videoconsolas, ordenadores portátiles, televisores de plasma, cámaras fotográficas digitales, PDAs, GPSs, lectores de MP3 o MP4... Luego me viene el típico hippy-guarrillo de ciudad con su móvil, su portátil, su camarita y su Ipod Nano (porque una cosa no quita a la otra y es un tío moderno y puesto en las últimas tecnologías) y me dice que cómo puedo ser tan poco solidaria de comprar en centros comerciales y grandes superficies y que él es un anticapitalista guay y un tipo concienciado porque se viste de mercadillo y de tenderetes.

Hace tiempo un usuario de La Coctelera me quitó de sus amistades y dejó de comentarme y de visitar mi blog porque le dije que era hipócrita criticar con tanta fiereza el sistema capitalista y la sociedad de consumo, pues todos pertenecemos a la tupida red de la globalización y todos formamos parte de este asunto, y que rechazarlo e insultarlo es algo así como una hormiga que odia su hormiguero a la par que lo construye (vamos, una cosa absurda). Que ser un antisistema está muy bien, pero que para ser un antisistema de verdad y no un hipócrita debería dejar su ciudad e irse a vivir a la selva del Amazonas, por ejemplo (y que conste que fui mucho más diplomática en mis palabras de lo que manifiesto aquí). Simplemente lo comenté por motivos como este: algo tan común en nuestra sociedad, como es tener un teléfono móvil, contribuye a que este mundo continúe siendo un pedazo de mierda. Y ya no se trata sólo del socialmente anónimo coltán, sino de un montón de productos de todo tipo que llevamos puestos, consumimos, utilizamos o tenemos en casa y que esconden historias muy negras que la mayoría de la gente -peor aún: la mayoría de los hippies de ciudad- desconoce. Así que lo más coherente, en lugar de echar sapos y culebras por la boca, es dejarse de cinismos -"qué injusta es esta sociedad, pero yo no"- y asumir que uno está aquí chupando del bote como todos (porque está claro que un buen par de cojones o de ovarios para dejarlo todo e irse a vivir al estilo indio amazónico no está al alcance de cualquier mortal de esta parte del planeta).

Que nuestra vida está conectada al enchufe, al agua corriente y a la calefacción, y aunque no tengas coche y te muevas a pernil o en una bici 'cool' con una cestita superchachi que le compraste sin regatear a un indio quechua en una caseta de las fiestas de Villabajo; aunque no pises "El Sablazo Británico" porque sólo te mole la tienda de barrio "Manoliwear" o el rastro de los domingos; aunque separes tu basurita y uses papel reciclado para limpiarte el culo, o aunque digas que a ti un solo par de pantalones te dura 30 años, estás viviendo aquí, en este mundo privilegiado, y tienes tu casa de cemento, de aluminio, de madera, de PVC y de cerámica, y el 99% de tus cosas tiene un origen industrial. Así que no me vengas con que tú no consumes y no participas del sistema porque estás aquí, estás metido en él hasta el cuello, y el mero hecho de estar aquí -por muchas chuminadas que hagas para justificar tu ataque verbal contra él y por mucho que creas que el hacerlas te da derecho a atacarlo- lo alimenta y te hace igualmente responsable.

He dicho.

Sobre el blog.

Me saca de mis casillas -y por ello, salvo excepciones, no lo hago nunca- escribir que mis artículos son mi opinión. Sinceramente, es una perogrullada, se sobreentiende, pues un blog es un espacio de opinión, por definición.

El hecho de que no escriba en mis textos continuamente expresiones del tipo: desde mi punto de vista, creo, me parece, pienso, considero, a mi entender, opino, sostengo, a mi juicio, y afines, no quiere decir que lo escrito sea una verdad absoluta, ni mucho menos. Quiere decir que es mi espacio y en él manifiesto lo que me sale de ahí abajo.

Se comprende -o debería comprenderse, vaya- que siendo el blog un lugar personal, cada cual va a defender en él sus ideas (que son juicios, prejuicios, pensamientos, reflexiones, etc., que nacen libremente de cada cerebro). Todo el mundo lo hace y prácticamente nadie escribe expresiones de opinión en sus artículos porque es un auténtico coñazo tener que recordar a cada instante que, efectivamente, lo que uno escribe es -¡oh, sorpresa!- su opinión. Digamos que son prescindibles.

En resumidas cuentas, y por si a alguna estrecha mente le cuesta asimilar tan difícil concepto, un blog es el equivalente virtual de la clásica columna de opinión de un periódico, pero sin periódico. Nadie escribe verdades absolutas, por mucho que el artículo no vaya introducido o concluido por típicas expresiones de opinión. En las columnas de opinión nadie inicia o finaliza sus textos expresando que se trata de su opinión, pues es evidente.

No creía necesario recordar esta cuestión, pero me he encontrado, por una situación personal, en la tesitura de tener que hacerlo. Y, dicho esto, seguiré con lo mío.

Las vidas de seis mil euros.

La noticia del fallecimiento por extenuación del montañero español Tolo Calafat en la cumbre del imponente Annapurna, uno de los "ochomiles" del Himalaya, me ha impresionado. Me imagino a un hombre al límite de sus fuerzas, a más de 7.500 metros de altura, agotado, sin comida, sin agua, a decenas de grados bajo cero y consciente de que la muerte le abraza con más fuerza a cada instante. Incapaz de desplazarse ni un centímetro más, pasó la noche en compañía de la única persona que se quedó a su lado: el sherpa Dawa. Sus compañeros continuaron la bajada mientras ellos "se quedaban" rezagados (explicaré las comillas en el siguiente párrafo). Cuando el retraso empezó a resultar preocupante los esperaron, pero ya era demasiado tarde. Tras dos horas sin aparecer y ya con la noche encima, tuvieron que reanudar el descenso hasta el campamento 4, a riesgo de quedar ellos también en el camino, pues empezaban a experimentar síntomas de congelación y ceguera. Al día siguiente Dawa regresó solo al campamento 4 y dijo que Calafat no podía andar, que había intentado moverle por todos los medios, pero que era imposible. La situación ya era sumamente complicada.

En unos cuantos periódicos leo que los montañeros culpan de la tragedia al equipo de la alpinista Oh Eun-Sun: no sólo porque afirman que retiraban las cuerdas sin importarles si aún había alpinistas por ascender o descender -incluso las que no eran suyas-, dificultando así la tarea de los demás, sino porque parece ser que la surcoreana se negó a colaborar en el rescate, cosa que entra en contradicción con lo que algunos periódicos, como El País, publicaron tras las primeras horas del suceso. Considerando que la información que inicialmente se proporciona a la prensa puede no ser del todo cierta y confiando en las palabras de Oiarzábal y Pauner, es posible que la tipa sea bastante rancia, así que esperemos que no llegue a encontrarse nunca en una situación parecida a la de Tolo Calafat. No obstante, de ahí a decir que es responsable del fallecimiento hay un trecho bastante largo.

Porque, sin ir más lejos y aunque duela, los principales responsables de la muerte del alpinista son sus compañeros. Después se produjo un cúmulo de circunstancias que, francamente, no actuaron a favor del pobre hombre. Pero los primeros en cagarla fueron ellos, sin duda, cuando cometieron el gran error de dejarlo atrás durante el descenso. ¿Cómo es posible que veas que tu compañero aminore la marcha, se empiece a encontrar mal, y tú sigas tu camino como si no ocurriera nada? Ellos dicen: "Se quedó rezagado". Perdona, no "se quedó", lo dejasteis, que es muy distinto. No se trata de una excursión dominguera a la orilla del río, estamos hablando de uno de los picos más altos y peligrosos del mundo: si alguien está perdiendo las fuerzas y no sigue el ritmo del grupo no puedes dejarlo tirado como una colilla y esperar a que él solo se recupere, máxime cuando no portaba ni saco de dormir y la comida y el agua de que disponía eran tan escasas que al llegar la noche ya no le quedaba nada. Maldita sea, ¿estás a más de siete mil metros de altura, ves que un compañero ralentiza el paso y sólo se te ocurre seguir tu camino sin preocuparte lo más mínimo por su estado? ¿Que la travesía no presenta dificultades técnicas? El hecho de encontrarse a 7.500 metros sobre el nivel del mar -sin olvidar las 20 horas de esfuerzo extremo a las espaldas- entraña dificultades de por sí, creo yo. Lo esperaron luego, cuando ya hacía dos horas que le tenían perdida la pista, ¿qué clase de compañeros son esos? ¿Tienen derecho a hablar ellos de la "insolidaridad" de la otra expedición cuando ellos permitieron al montañero retrasarse? El último rostro que vio Calafat fue el de Dawa, el único que se quedó con él. Y yo me pregunto: si Dawa podía seguir su paso y acompañarle, ¿por qué no podían hacerlo los otros?

Luego sí, luego hicieron llamadas y contactaron con un helicóptero y mandaron al sherpa Sonam (un señor de 50 años que había descendido con ellos hasta el campamento horas antes, y si ellos estaban exhaustos, me pregunto por qué el sherpa tenía la obligación de estar lo bastante fresco como para salir a rescatar a Calafat), como si fuera un esclavo de la época colonial, para que fuera a buscarle. Durante once horas estuvo buscando el sherpa al montañero, cargado con una tienda, un saco, medicinas, comida, agua y una bombona de oxígeno, poniendo en riesgo su vida entre las nieves y sin éxito. Y Oiarzábal aún tiene el cinismo de acusar a la alpinista coreana de no pedir (quizá "imponer" u "obligar", como he llegado a leer por ahí) a sus sherpas que fueran a rescatar a Tolo Calafat arriesgando su propia vida, ni a cambio de seis mil euros para cada uno. Pero qué desfachatez, ¿qué cree que son los sherpas? ¿Unos esclavos? Y aún añade que "se está perdiendo la ética" (??).

Los sherpas, expertos conocedores de la tierra que les ha visto nacer, acompañan a los alpinistas hasta las altas cumbres, pasan la noche con ellos si sus compañeros se han largado, los buscan si se extravían, y a la hora de colgar medallas por encumbrar las cimas más altas del planeta, los sherpas son invisibles. Con los mismos pulmones, la misma sangre, los mismos músculos, con el mismo corazón, ascienden y descienden los sherpas las grandes montañas del Himalaya, y con un reconocimiento cero a su labor, exactamente la misma labor que hacen los que sí se llevan los laureles. Cuántas vidas no habrán sido salvadas gracias a los sherpas, guías y montañeros nepalíes, y cuántos sherpas han muerto también, además de hacerlo en un completo anonimato. En esta ocasión Oiarzábal y Pauner deberían reconocer que cometieron un fatal error y no andar acusando de que los sherpas de la expedición surcoreana no querían arriesgar su vida por dinero, por seis mil cochinos euros.

Ni la vida de un compañero se compra con seis mil euros, ni la de ninguna persona -incluidos los sherpas- vale esa miseria, así que sería mucho mejor para su reputación que no pregonaran más ese deshonroso ofrecimiento y que asumieran la responsabilidad que les corresponde ante la pérdida.

La lista del coronel.

A las tantas de la noche, alguien llama con urgencia a la puerta de casa. El apresurado golpeo de la aldaba, aunque débil, casi como un zumbido, interrumpe el hipnótico crepitar de la leña en la chimenea y saca al coronel de su ensimismamiento. Se levanta pausadamente de su mecedora, entre los chirridos del roñoso mueble, y se dirige hacia la puerta sin inquietarse lo más mínimo. Diciembre de 1937. Corre el cerrojo y abre despacio. Desde sus caídos ojos de perro viejo contempla la nocturna estampa de un vecino del pueblo. El hombre, visiblemente nervioso, respira con agitación y le insta a entrar rápido en la casa. El coronel accede sin inmutarse. Mientras cierra la puerta, observa cómo el tipo saca del bolsillo de su roído gabán una hoja de papel varias veces doblada. Al desdoblarla, el fuego de la chimenea evidencia el temblor de su pulso. El coronel se acerca al hombre. Este lo mira fijamente con ojos fulgurantes, reflejo de la lumbre del hogar o, quizá, de sus propias llamas.

-Señor, le traigo la lista con los nombres de los del pueblo que hay que matar -dice, y se la tiende al coronel.

El coronel le sostiene la mirada con intensidad. Después coge la hoja y la observa detenidamente. Lee los nombres, uno a uno, en su mente. Repasa la lista de arriba a abajo varias veces y, después de un largo silencio, espeta:

-Aquí falta alguien.

-¿Quién falta? -El tipo se sorprende. Frunce el ceño, escruta la hoja... Se hace de nuevo el silencio.

-Falta tu hermano.

-¡No, mi hermano no! -Exclama el hombre, horrorizado, y el fuego de sus ojos se torna en súplica.

-Si no vas a meter a tu hermano en la lista, no quiero que toquéis a nadie. Si muere alguien de este pueblo, me lanzaré sobre vosotros. Y, ahora, márchate.

...

Aún quedaba más de una década para que mi padre naciese. Él me cuenta de vez en cuando esta historia de la guerra porque conoció a aquel coronel con un par de huevos. Y ni sé de qué bando era ni me importa lo más mínimo.

El testamento de Alfred Nobel.

Parece ser, según todas las páginas biográficas sobre este tipo que he consultado en "Interné", que Nobel, químico e ingeniero sueco, ganó mucho dinero investigando, inventando y patentando sus inventos en el campo de los explosivos. Sus avances lograron un desarrollo sin precedentes en tareas de construcción y de extracción minera, pero, como no, también se utilizaron con fines armamentísticos y bélicos.

Este hecho atormentó a Nobel hasta su muerte, motivo por el cual dejó por escrito en su testamento (1895) una inusual y loable voluntad:

La totalidad de mi restante patrimonio quedará dispuesta de la siguiente manera: el capital, invertido en valores seguros por mis testamentarios, constituirá un fondo cuyos intereses serán distribuidos anualmente en forma de premios entre aquellos que, durante el año precedente, hayan aportado el mayor beneficio a la Humanidad. Dichos intereses se dividirán en cinco partes iguales, que serán repartidas como sigue: una parte a la persona que haya hecho el descubrimiento o el invento más importante dentro del campo de la Física; una parte a la persona que haya realizado el descubrimiento o mejora más importante dentro de la Química; una parte a la persona que haya hecho el descubrimiento más importante dentro del campo de la Fisiología y la Medicina; una parte a la persona que haya producido la obra más destacada de tendencia idealista dentro del campo de la Literatura, y una parte a la persona que haya hecho el mayor o mejor trabajo en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos permanentes y la participación y promoción de congresos de paz. (...) Es mi expreso deseo que en la adjudicación de estos premios no se tenga en consideración la nacionalidad de los candidatos, sino que reciban el premio los más dignos de él, sean escandinavos o no.

(versión inglesa en la página oficial de los Premios Nobel)

 

Así nacieron los prestigiosos premios que llevan su nombre. Nobel también impuso en su testamento los organismos responsables de otorgar cada premio, siendo todos entregados en Estocolmo, excepto el de la Paz, que es decidido en Oslo. Parece ser que ninguna de las instituciones que Nobel escogió para tan excelso fin fue consultada previamente, pero todas accedieron a cumplir su voluntad.

Situaciones. Sobre la vejez.

Me encuentro en la típica situación premenstrual que los hombres nunca comprenderán. Y estoy, cómo decirlo, medio mi-vida-es-un-asco, medio me-importa-todo-un-carajo, medio me-enfado-conmigo-misma, medio déjate-de-chorradas. Es una especie de limbo que únicamente las mujeres podemos experimentar. Bueno, y los gays, pero no de un modo auténtico, sino sólo por solidaridad con el sexo femenino.

Esta mañana he estado divagando -como siempre, en realidad- sobre la vejez, la pobreza, la ignorancia de una sociedad que maneja cada vez más información y la gente que se entrega a un mundo espiritual extremo despreciando la corta vida tangible. Temas varios que han ido concatenándose en mi cabeza mediante un imperceptible hilo de araña. Y todo a la fugaz velocidad del pensamiento.

Sobre la vejez he pensado en la crueldad de percibir cómo el tiempo arrastra nuestras habilidades, nuestras capacidades, nuestros sueños muertos, nuestras sensaciones tan vívidas... Cómo es el tiempo el que acartona todas nuestras libertades y cómo, en un gesto de mofa, nos mantiene intactas la cordura y la consciencia para hacernos testigos de nuestras pérdidas. Hablo como si fuera una octogenaria, pero en realidad me refiero a todos aquellos ancianos que, conservando perfectamente su luz, perciben que van apagándose. Y lo más horrible de todo: lo hacen en soledad. Todos nacieron con la frescura de la sangre que inicia su viaje a través de unas venas nuevas, todos conocieron la traviesa infancia, todos dispusieron de la vigorosidad de la juventud, del equilibrio de la adultez. Conforme el camino llega a su fin, todos pueden ver que está más oscuro y que hace cada vez más frío.

Me parece terrible marchitarse entre paredes que huelen a piel muerta, esperando vanamente que en tus hermosos campos, tus hijos, labrados con tu sudor, quede aún fruto para ti, que te rescaten de tu propia vejez. Me parece cruel que la naturaleza programe en el cerebro de los hijos, a cierta edad, priorizar al perro sobre los ancianos padres: es más fácil hacer de nuestra casa el confortable cobijo de nuestro animal de compañía que el hogar de nuestros abuelos, que se enfrentan a su tramo final en el asilo-trastero.

"Ley de vida", lo llamamos. Pero otras sociedades rinden culto a la edad y a la experiencia y existe un arraigado respeto por los ancianos de la familia, siempre presentes y siempre partícipes, hasta el último día, de la existencia de todos. No sé qué nos ocurre a nosotros, por qué ese afán nuestro de desterrar todo lo viejo como si el tiempo no transcurriera por nuestra carne. Sin percatarnos todavía, ya no tenemos la agilidad de nuestra niñez, hemos perdido la memoria de la adolescencia y, más despacio, la capacidad de amar a los que nos hicieron existir y, bien o mal, nos construyeron. La edad arrastra tras de sí la sensibilidad con la que antes envolvíamos tiernamente las cosas.